Ciudadano mexicano

No escribo estas líneas como historiador ni como especialista en política. Las escribo como ciudadano mexicano: alguien que ha vivido cambios, celebrado avances y visto con preocupación decisiones que, desde mi perspectiva, amenazan lo que tanto trabajo costó construir.

Durante buena parte del siglo XX, México estuvo gobernado por un partido dominante. El PRI concentraba un poder que iba mucho más allá de la Presidencia: alcanzaba las instituciones, las organizaciones sociales y una amplia red de empresas públicas. La relación entre el gobierno y los grandes medios dejaba poco espacio para cuestionar la versión oficial.

Mario Vargas Llosa llamó a ese sistema «la dictadura perfecta». Una expresión que, para mí, retrató con claridad aquella permanencia del poder bajo las formas de una democracia.

La elección de 1988 marcó una fractura. La llamada «caída del sistema», cuando la organización electoral dependía de la Secretaría de Gobernación, encabezada por Manuel Bartlett, dejó una profunda desconfianza. Carlos Salinas de Gortari llegó a la Presidencia entre cuestionamientos que siguen formando parte de nuestra memoria política.

También dentro del antiguo partido dominante surgieron rupturas. Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo fueron figuras centrales de una oposición que acabaría dando origen al PRD.

En esos años avanzó la apertura económica. Yo veía en ella una oportunidad para México, aunque también hubo decisiones y desequilibrios cuyo costo terminó golpeando a empresas y familias. La crisis de 1994–1995 y el rescate bancario dejaron heridas que no pueden ignorarse.

Después llegaron cambios políticos importantes. La creación del IFE en 1990 y su autonomía respecto del Ejecutivo en 1996 fueron pasos decisivos. En el año 2000, Vicente Fox ganó la Presidencia y terminó la larga continuidad del PRI en ese cargo.

Para mí, aquella alternancia significaba algo fundamental: el gobierno podía cambiar mediante el voto. Ningún partido tenía por qué considerarse dueño del país.

Recuerdo especialmente la elección de 2006. Me quedé frente al televisor siguiendo los resultados, sin irme a dormir. Viví aquella espera con la tensión de quien ve a su equipo favorito disputar un partido que puede decidirse en los últimos segundos. Así recuerdo el momento en que los resultados terminaron dando la ventaja a Felipe Calderón.

No cuento ese recuerdo para negar la inconformidad de otros. Lo cuento porque así lo viví.

Tampoco compartí todo lo que hizo su gobierno. La violencia, las decisiones de seguridad y obras como la Estela de Luz me dejaron críticas y preguntas. Defender la alternancia nunca significó, para mí, entregar un cheque en blanco.

En 2012 regresó el PRI con Enrique Peña Nieto. Vi ese resultado como otra prueba de que el poder podía cambiar de manos. Pero los escándalos y cuestionamientos de corrupción volvieron a desgastar la confianza ciudadana.

Mientras tanto, las redes sociales transformaban la conversación pública. La información ya no dependía exclusivamente de los grandes medios: cualquier persona podía compartir una denuncia, una imagen o una experiencia y hacerla llegar a miles más.

En 2018, López Obrador llegó a la Presidencia con promesas de terminar con la corrupción, combatir los privilegios y gobernar de otra manera. Eran compromisos que merecían ser examinados por sus resultados, no solamente por la fuerza de sus palabras.

Mi decepción se confirmó con esa distancia cada vez mayor entre aquellas promesas y el ejercicio del poder.

La incorporación de Bartlett al gobierno me resultó especialmente contradictoria por lo que representaba en nuestra historia electoral. El desenlace del caso Cienfuegos también confirmó mis dudas sobre la rendición de cuentas.

Me preocupa la ampliación de las tareas militares fuera de la seguridad, la concentración del poder y el debilitamiento de los contrapesos. Las reformas que eliminaron organismos autónomos y la toma del Poder Judicial con personal afín al régimen han profundizado esa preocupación.

Reconozco la necesidad de apoyar a quienes viven en condiciones difíciles. Lo que cuestiono es que cualquier ayuda pública se presente como una concesión del gobernante o se convierta en una razón para dejar de exigirle cuentas. Los recursos públicos no pertenecen a un partido.

Mi posición frente a los gobiernos de Morena es profundamente crítica. Considero que han reproducido prácticas que prometieron combatir y que representan un grave retroceso en la manera de entender los límites del poder.

No pretendo convertir esa valoración en una verdad que todos deban compartir. Sí quiero expresar por qué me preocupa el rumbo del país y por qué no me basta una narrativa de transformación cuando percibo contradicciones en sus resultados.

Esta mirada ciudadana también forma parte de CityZenMx.

De ella nacen estas canciones: de la inconformidad, de las preguntas y de la necesidad de levantar la voz. No sustituyen una investigación ni una sentencia; son una expresión artística de mi posición política.

No espero que todos piensen como yo. Espero que podamos escuchar, contrastar y discutir sin renunciar al respeto ni al derecho a disentir.

Porque antes que simpatizante de cualquier partido, soy ciudadano mexicano. Y ningún gobierno debería pedirnos que dejemos de serlo.

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